Hogar, extraño hogar: vivir en un hotel, una casa rodante, un velero o una pensión

17 Ago

Cómo pasan las horas aquellas personas que se mudaron a una casa no convencional; pequeños paraísos, con grandes incomodidades; el poeta Horacio Ferrer cuenta su cotidianeidad en el Hotel Alvear

Por Verónica Dema | LA NACION

Jacinto no vive en un lugar convencional: es pensionista en la Casa del Teatro. Andrés, tampoco: se las ingenia en una casa rodante de pocos metros. Para Juan Pablo su hogar es un crucero de 260 metros cubiertos que tiene amarrado en el Club Náutico San Isidro. Horacio lleva la mitad de su vida alojado en el Hotel Alvear, uno de los más refinados del mundo.

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El ex productor de TV Jacinto Pérez Heredia es pensionista en la Casa del Teatro.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

Jacinto, en la Casa del Teatro

Jacinto es el ex productor de TV Jacinto Pérez Heredia. Tiene 85 años y hace diez que vive en la Casa del Teatro, un alojamiento gratuito para artistas sin recursos. “La ventaja que tiene este lugar es que acá no se cierra con llave a las diez de la noche como en los geriátricos. Hay un sereno, lo que permite venir a la hora que se te cante. Si te dan ganas de un whisky o un café después de ir al teatro, lo hacés y volvés cuando querés a tu habitación. Nadie te molesta mientras tengas el cartelito”, dice, sentado a los pies de su cama en la habitación 801.

-¿Qué cartelito? – Todos ponemos un cartelito en la puerta de la habitación que dice Descanso y eso se respeta. Y cuando nos visitamos golpeamos. ¿Quién es? Fulano. Ah, esperá un segundo. ¿Me podés pasar un pucho? O ¿Tenés entrada para tal obra? O Me quedé sin Ibupirac, ¿me das uno que mañana compro? Las visitas están muy acotadas porque la convivencia en todas partes es complicada. Acá somos 40.

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Andrés Balmaceda vive en una casa rodante en Palermo.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

Andrés, en su casa rodante

Andrés Balmaceda tiene 60 años y vivió más de 20 en la calle; su último destino fue una plaza de Palermo. Desde hace tres, un grupo de vecinos se puso de acuerdo y le compró una casa rodante, que está estacionada justo donde él dormía antes. “Vengo de una situación muy precaria, esto es un lujo para mí y lo disfruto mucho”, dice. Con un panel solar se provee de luz, que almacena en una batería de auto casi agotada; enganchó un acopladito que le sirve de dormitorio. Baño no tiene.

-¿Cómo hace con el frío? – Es muy calentito acá. Es tan chiquito que prendés una hornalla y se calienta todo. Entre la chapa y el revestimiento interno hay bolitas de telgopor. Ahí está el calor.

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Juan Pablo Zizzi buscó durante años un barco que fuera su casa.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

Juan Pablo, en el crucero

Juan Pablo Zizzi recuerda su infancia en el agua navegando con su familia o manejando solo su Optimist, una embarcación a vela para chicos. Se dedicó a ser astillero, oficio que aprendió desde pequeño metiéndose en los talleres en los que terminó trabajando hasta que se abrió uno propio con su hermano Santiago. Sólo le quedaba vivir en el agua, un sueño que pudo concretar hace tres años y medio. “Vivía en un departamento pero me aburría, sentía que no tenía nada que hacer. Mi meta era encontrar un barco como casa”, dice, esta mañana de niebla en la sala de estar de su crucero, una embarcación de 24 metros de largo por cuatro y medio de ancho amarrada en un club náutico.

-¿Por qué vivir un barco? – Me da tranquilidad. Escuchás los pájaros, ves las gaviotas volando. No tenés el estrés de la ciudad. No escuchás un grito, una pelea de nadie. Al departamento yo no lo disfrutaba, no me sentía bien ahí. Un día dije: voy a probar a ver si me divierte más vivir en un barco y salí a buscar uno para comprarlo. Ahora me siento bien, estoy con la paz del agua.

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Horacio Ferrer hace 40 años que compró un departamento en el Hotel Alvear.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

Horacio y su vida en el Alvear

El poeta Horacio Ferrer cumplió 80 años y hace 40 que vive en el Hotel Alvear. En un octavo piso comparte con su esposa Lucía Michelli -Lulú- un departamento con dos balcones desde donde se ve gran parte de Buenos Aires, el Río de la Plata y hasta la costa de Uruguay, donde nació este maestro, el compañero creativo de Astor Piazzolla. “El Hotel Alvear es muy significativo en la historia de Buenos Aires y tiene su encanto. Ha vivido aquí gente muy singular, los cajetillas de todo Recoleta venían al restaurante o al café para encontrarse. Tiene un lindo pedigree”, dice, sentado en una de las mesas del bar del Alvear, su casa.

Encuentra calidez en el “refinamiento extraordinario” del lugar. “A mi me gustan las cosas de mucha calidad. Dentro de mis posibilidades he tratado de vestirme bien, de ser elegante como poeta, de mirar y asimilar en los viajes cosas que me parecen bonitas. Todo eso tiene que ver con la poesía, la belleza, el misterio”. Y hay algo más. Sobre el final de la charla Ferrer dirá que la fachada del hotel le recuerda a su casa de la infancia, el departamento antiguo de Lavalle 1447, construido en 1925. “Mi infancia fue maravillosa. Aquella casa se parecía mucho a este hotel”.

Un día en la vida de…

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Jacinto Pérez Heredia es pensionista desde hace 10 años en la Casa del Teatro.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

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El ex productor de TV fue íntimo amigo de Tita Merello; en su habitación repasa sus fotos.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

A Jacinto Pérez Heredia le gusta levantarse tarde, a eso de media mañana, y prepararse el desayuno en su habitación. Cuando las empleadas, de riguroso uniforme azul, reparten en carritos como de hospital el café y las tostadas, por pedido suyo, no lo incluyen. “Me gusta dormir bien y hacer la ducha diaria; tenemos un baño compartido pero para pocas personas. Recién ahí voy al comedor donde sirven la comida; ese es el momento de la vida social acá adentro”, cuenta Jacinto, que conserva los horarios nocturnos de sus años mozos, cuando sus novelas estaban en el pico del rating –fue el creador de “El amor tiene cara de mujer”, entre otras- y se reunía con productores como Hugo Moser y con artistas como Susana Giménez, Soledad Silveyra o Tita Merello, que debutaron con él.

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La habitación 801, que ocupa Pérez Heredia, está recubierta de fotos de artistas; tiene su lugar Eva Perón.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

Su vida cambió desde que se retiró de la televisión en 1993. “El cansancio natural, como cualquier trabajo que exige mucho, mucho”, dice, en su casa, que es el brevísimo monoambiente donde vive desde que se encontró sin dinero y sin hogar. “Empecé a vender todo lo que tenía, porque he sido un gastador compulsivo. Gastaba en ropa, en viajar, en regalos caros para mi madre, en lo que viniera. La plata para mi viene y sale, así fue siempre”. Está sentado en una de las dos sillas de la casa, el respaldo casi roza con la pileta de mano; habla sereno, con voz firme, como despojado de toda culpa.

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La casa de Pérez Heredia tiene rincones con recuerdos familiares y de amigos queridos.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

“Tenemos un baño compartido pero para pocas personas”

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Pérez Heredia fue el creador de la exitosa telenovela El amor tiene cara de mujer.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

“Me decidí venir a la Casa del Teatro porque acá reciben actores, productores, escritores, cantantes. Me aceptaron enseguida. Tal vez cometí el error –como me dijo Mirtha Legrand- de decir que vivía acá porque esto para mucha gente es un osario”, dice. Su frase contrasta con su vitalidad. “Acá vienen algunos de mis amigos; cada tanto pasa Federico Luppi, Thelma Biral y China Zorrilla, cuando está en Buenos Aires. Todos esos amigos conocen mi habitación, saben cómo vivo”. Las paredes también son testigo: hay cuadros de Greta Garbo, a quien conoció en Nueva York; de Tita Merello, su amiga; de rodajes de telenovelas que fueron furor en la Argentina; de Eva Perón.

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Pérez Heredia, con pose de galán, se dispone a fotografiarse en el ingreso de la Casa del Teatro.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

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Pérez Heredia está leyendo sobre la vida de Eva Perón, a quien aprendió a querer no hace muchos años.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

Con los amigos que conserva va al teatro varias veces a la semana. “Me invitan de todas partes para que vea sus obras”, dice. “También se arman grupitos acá adentro con gente con la que uno congenia de manera particular y hacemos una rutina: después de almorzar siempre tomamos el cortadito en un bar; a la noche casi siempre cada uno hace su vida”. Su vida es el teatro, ve algo de televisión –programas políticos, En Terapia, alguna novela. “No veo películas, porque no quiero comprometerme a estar dos horas ahí plantado cuando no sé qué voy a hacer después”. Si no sale, a la medianoche apaga su celular.

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Andrés Balmaceda vive en una casa rodante que le regalaron vecinos de Palermo.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

Andrés Balmaceda está encorvado encima una mesa del tamaño de una hoja oficio. Reniega desde temprano. Uno de los vecinos le trajo un reloj pulsera que no quiere andar. El se pone hasta que lo arregla por pocos pesos o por algo de comida. “Me levanto temprano porque mis días tienen mucha actividad. Reparo cosas que los vecinos me traen”, dice, acerca un banquito para conversar. En una de las paredes donde se apoya la mesa está la ventana, de donde cuelgan plantas, sus “mascotas silenciosas”; hay dos repisas con libros, la mayoría religiosos, un televisor portátil y un tablero de ajedrez. “Por las noches, alguna vez a la semana, nos juntamos a leer las sagradas escrituras”, cuenta. A veces la distracción con los vecinos es hacer partidas de ajedrez en la vereda.

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Para Balmaceda, que vivió 20 años en la calle, la casa rodante es un lujo.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

En el resto de la casa rodante , que no rueda porque decidió sacarle los neumáticos para que no se los roben, hay una garrafa y un anafe con una hornalla; arriba se ve una pava. “Con esta cocinita me arreglo. Lo que más como son tallarines con queso rallado y dos huevos fritos. Para eso me alcanza”, dice. Muestra un álbum de fotos que baja de la repisa: “Antes, cuando vivía afuera, cocinaba en una lata; vivía muy primitivamente; todo era una mugre, lleno de carbón”.

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Este vecino de Palermo cultiva plantas; le gusta cuidar a sus “mascotas silenciosas”.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

“En verano me traen botellas congeladas, las rompo y pongo el hielo trozado en un termo. Dos días me dura el agua fresca”

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El hobby de Balmaceda es el ajedrez; ya jugaba con sus vecinos cuando vivía en la calle.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

Heladera no tiene y dice que no necesita. “No hay heladeras eficientes que funcionen a 12 voltios, que es la energía que tengo de los paneles; vienen conservadoras, pero consumen mucho y no llegan a enfriar. Aprendí que hay muchas cosas que no precisan frío, como los huevos, que pueden estar hasta un mes afuera. La cáscara es una maravilla como conserva”, explica. Cuando quiere una bebida fría la compra o pide hielo a los vecinos. “En verano me traen botellas congeladas, las rompo y pongo el hielo trozado en un termo. Dos días me dura el agua fresca”, explica.

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El interior de su casa se ilumina con una ventana; durante la noche se prové luz con un panel solar.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

En la casa rodante no se ve baño ni dormitorio. “Enganché un acopladito y ahí tengo el colchón y mi ropa”, dice. Prefiere no abrirlo por el desorden. También se las ingenia sin baño. “Viví en la calle y aprendí recursos propios para hacer mis necesidades, con más razón acá. Es más cómodo, me puedo bañar y tener la ropa más limpia”, dice. Algunas noches, cierra todo e improvisa una ducha en un fuentón grande. Abajo acomoda toallones para no arruinar el símil alfombrado.

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Balmaceda mira las fotos de cuando vivía a la intemperie; para él es una bendición de Dios tener un hogar.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

Ahora es de día y los vecinos pasan, saludan; algunos conversan un rato. “Más tarde le traigo una tetera para que me arregle”, dice Lilia. “A esa señora que es jubilada no le cobro nada. Me trae un plato abundante de comida que hace ella, cocina muy bien. Qué más puedo pedir”.

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Juan Pablo Zizzi tiene como casa un crucero que amarra en el Club San Isidro.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

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Zizzi se despierta a las 7.20 y prepara el mate antes de partir a trabajar.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

La puerta de entrada a la casa de Juan Pablo Zizzi es la garita de control del Club Náutico San Isidro . Uno se anuncia, le avisan por radio que quieren verlo y él autoriza que la lancha taxi lleve a los pasajeros a su domicilio: un crucero de 80 pies construido en 1937 de pura madera que está estacionado junto a cientos de embarcaciones menores y sin ocupantes a la vista.

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Una taxi lancha lo lleva a su casa, un crucero amarrado en un club náutico.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

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Tanto es el amor por los barcos que desde 1995 Zizzi los fabrica junto a su hermano.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

Zizzi, vestido de sport, el semblante de quien ha descansado bien, invita a la sala de estar: tres mapas plastificados ocupan el centro de la mesa alargada. La rodea un sillón mullido –el lugar donde alguna vez se queda dormido mirando la televisión. Prepara el mate, como cada mañana temprano. “Ahora en invierno me levanto a las 7.20. No puedo levantarme de noche porque siento que no disfruto el despertar, me gusta abrir los ojos y ver el día. Asomarme por la ventana, ver el cielo y si el río está alto o bajo”, dice. A las 8  se va a trabajar al astillero, en San Fernando, el único en su tipo en Buenos Aires: empezó en 1995 y fabrica barcos a vela, otras embarcaciones como el Twentynine, Laser olímpico, cruceros y gomones a motor.

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La postal que ve Zizzi desde la ventana del comedor de el crucero que trajo desde Rosario para cumplir su sueño.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

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El mate y los mapas, infantables en la mesa principal del barco.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

A eso de las 19 vuelve a su casa. Una vez a la semana hace las compras como para tener provistas la alacena y la heladera. “A veces me cocino pastas para no ensuciar tanto. Si es carne la hago afuera en un disco porque la grasa se pega en la madera y no me gusta. No es como una cocina normal, que limpiás los azulejos y listo; acá se impregna, cuido eso”, dice. Contiguas al living comedor, tres escalones abajo, hay cocina a ambos lados del pasillo: en una tiene alacenas, la heladera y el microondas; en la del frente el horno y una bacha para lavar los platos. Las noches que no cocina se toma la taxi lancha –con servicio gratis las 24 horas- y va a uno de los restaurantes de los clubes que lo rodean.

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Zizzi se confiesa feliz; “estoy con la paz del agua”, dice.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

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Su camarote es pura madera, como el resto de este crucero construido en 1937.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

“Si cocino carne la hago afuera en un disco porque la grasa se pega en la madera y no me gusta. No es como una cocina normal, que limpiás los azulejos y listo; acá se impregna, cuido eso”

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Zizzi trabaja todos los días para dejar su embarcación perfecta y salir a navegar.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

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No bien se levanta Zizzi observa el cielo y la altura del río; luego empieza su día.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

El vive solo de lunes a viernes. Los fines de semana y en las vacaciones llega su hijo Joaquín, de 12 años; casi siempre lleva a sus amigos. Para ellos hay dos camarotes con cuchetas y un baño al final del pasillo. El camarote principal, el de Zizzi, está en el otro extremo. Uno cruza el comedor, baja otras escaleras, y allí está su cama grande, su ropero, llaveros en forma de anclas, un barco de madera minúsculo a medio terminar. “Lo que quería era que mi camarote tuviera lugar como para caminar alrededor de la cama y que el techo fuera alto”. Esa fue una condición que no resignó, como tampoco el tema de la madera: “Tenía que ser de madera, porque como estoy todo el día fabricando barcos de fibra de vidrio quería sentir otro olor al volver a casa”.

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Uno de los veleros que los hermanos Zizzi fabricaron en su astillero de San Fernando.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

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De su fábrica salen veleros, cruceros y gomones a motor.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

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Zizzi recorre su astillero; recuerda que empezó a aprender de chico el oficio.  Foto:  LA NACION  / Ezequiel Muñoz

Años le llevó encontrar este barco que trajo navegando desde Rosario, donde estaba abandonado desde hacía once años. Seis meses duró la negociación: al final, pagó la mitad de lo que costaba su departamento de entonces. Había mucho para reparar, pero como él se dedica a eso la mano de obra no le cuesta. Todos los días, como quien cuida el jardín de su casa, él lija y barniza. Los fines de semana lo visitan algunos amigos; hay quienes llegan navegando. “Muchos me dicen que estoy loco, pero les encanta venir”, dice. Cuenta que su mamá, la única de la familia que le tiene miedo al agua, hace tres Nochebuenas que las pasa en el crucero. Tiene 79 años y durante las últimas navidades la madrugada la encontró en el barco.

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El poeta Horacio Ferrer abre las puertas de su departamento en el Hotel Alvear.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

Suena música clásica en el ambiente. Son las tres de la tarde. El poeta Horacio Ferrer baja de su departamento y se presenta en el lobby del Hotel Alvear impecable, con su pañuelo a lunares al cuello, un pantalón de vestir gris a cuadros, un saco marrón, una flor turquesa en el ojal. Invita un café en un bar silencioso, sin televisores. Saluda con una sonrisa a cada empleado; a algunos incluso los llama por su nombre. “Me siento en casa. Antes no me gustaban los hoteles, los veía muy fríos, pero acá es distinto. Cuando trabajaba en la Revista Gente, hace muchos años, vine a hacerle una nota a Joan Manuel Serrat, que se alojaba acá; cuando ví cómo era dije: ‘algún día me va a gustar vivir acá”.

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Se acaba de editar el disco Flor de tangos y poemas, de Horacio Ferrer.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

Cuando tuvo la posibilidad de comprar uno de los departamentos, pidió un adelanto a Sadaic a cuenta de sus derechos y lo hizo. “La gran ventaja de vivir en un hotel es que todos los vecinos son pasajeros, uno no está comprometido a conocerlos”, dice. Valora mucho la privacidad: “Hago una vida muy nocturna y me gusta mi independencia”.

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Ferrer suele pasear por la galería del Alvear para sorprenderla a su esposa Lulú con algún regalo.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

“La gran ventaja de vivir en un hotel es que todos los vecinos son pasajeros, uno no está comprometido a conocerlos”

Ferrer se levanta al mediodía. “Soy trasnochador y me hace bien dormir diez horas; además, los médicos me recomiendan que sea dormilón”. Se toman unos mates en la cama con su compañera, Lulú, y ese es el almuerzo, con alguna fruta. “Yo soy oriental más argentino en el mate”, dice. Se ríe. Mientras matean miran un informativo para enterarse de las noticias. “Entonces me levanto con mis modestas luces bien encendidas. Por la tarde y a cualquier hora, cuando me dan ganas de escribir, escribo. Lo que no quiero es anquilosarme ni copiarme a mi mismo”. A veces lee poesía o ensayos en la “paz fenomenal” de su octavo piso.

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Ferrer, junto a su esposa Lulú, la artista plástica de quien se enamoró hace 32 años.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

Este maestro, autor de Balada para un loco y Chiquilín de Bachín, por nombrar los más famosos, sigue escribiendo tango y cuenta que tiene una ópera para estrenar. “Me invitaron del Teatro Colón”, comenta. Cuenta que escribe de memoria. “Se me presenta algo y luego lo recuerdo y lo paso a la computadora, si no lo recuerdo es que no era gran cosa”.

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Ferrer encuentra calidez en el “refinamiento extraordinario” del Hotel Alvear.  Foto:  LA NACION  / Sebastián Rodeiro

Algunas tardes recibe amigos o prepara un programa de radio que co-conduce. Suele darse el gusto de recorrer la galería de compras del Alvear para sorprenderla a Lulú con alguna joya o alguna ropa delicada. Todas las noches salen a cenar juntos con un amigo sacerdote. “Porque la vida es una fiesta y un día se acaba. Hay que disfrutarla con un ser amado, una canción, una poesía, una obra de teatro, una idea que uno se ponga a escribir. Es una fiesta la vida”.

http://www.lanacion.com.ar/1605894-una-pension-una-casa-rodante-un-velero-y-un-hotel-como-es-vivir-en-hogares-poco-convencionales

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