¿El fin del sueño americano?

2 Oct

 

EE.UU y la crisis

Con el aumento de la pobreza, una desocupación elevada a la que se le suma ahora el empleo precario y una brecha entre ricos y pobres muy superior al esplendor que forjó el mito de la tierra de oportunidades, los norteamericanos se enfrentan hoy a una realidad que pone en jaque uno de los pilares de la autoconfianza y el orgullo del país: la promesa de que el esfuerzo siempre tiene recompensa. Por todo eso ya se habla de “la década perdida”

Por Silvia Pisani  | LA NACION

 Foto: ARTE DE TAPA: SILVINA NICASTRO Y BLAS NADER
Foto: ARTE DE TAPA: SILVINA NICASTRO Y BLAS NADER
Más impuestos para los ricos, comida para los pobres: el reclamo de las protestas en Wall Street  Foto: MIKE SEGAR/REUTERS
Más impuestos para los ricos, comida para los pobres: el reclamo de las protestas en Wall Street  Foto: MIKE SEGAR/REUTERS
WASHINGTON. Pocas geografías consolidaron tanto la imagen de paraíso de la clase media como la norteamericana. Una patria enorme que lo amalgama todo: liderazgo en investigación, excelencia académica, fuerza industrial, desarrollo financiero e inagotable generación de alimentos moviendo su energía bajo el mejor lema de la ética del trabajo. Ese que asegura que el esfuerzo individual y la tarea bien hecha acarrean siempre su recompensa.
Durante décadas, la corriente cultural vernácula ayudó a consolidar la idea. Cine y literatura consagraron personajes con la habilidad suprema para salir adelante en un medio que respetaba la moral del esfuerzo o, cuando menos, la promesa de prosperidad y riqueza.

Aun con matices en la paleta, Tom Wolfe habló en los 80 de La hoguera de las vanidades. Poco antes, en los Estados Unidos de la posguerra, fue El Gran Gatsby -con sus opulentos escenarios y su cascada de dólares- la ficción de referencia en universidades, que la entronaron como una de las mejores novelas contemporáneas.

Era el momento de esa literatura. Eran los años 50 y era la euforia. El tiempo en que los Estados Unidos se prodigaban no sólo con los adultos sino que parecía, también, la tierra prometida de los más chicos. Niños que se enteraban, desde otras latitudes, que se abría algo llamado Disneylandia, un parque temático de ensueño por el que se suspiraba en pantalones cortos.

Las fantasías de la ciencia ficción hechas realidad por la NASA confirmaban también que ésta era una tierra donde todo era posible. Donde sólo hacía falta empeño y trabajar bien. Porque, con eso, lo demás venía por añadidura.

“Ese fue, en efecto, el sistema durante mucho tiempo -definió Lawrence Katz, académico de Economía de la Universidad de Harvard- pero ahora buena parte de los elementos del modelo americano parecen en duda.”

Hoy, en cambio, la crisis internacional y el paso cada vez más inseguro de EE.UU. en el mundo parecen haber puesto en jaque a ese modelo. Cifras de pobreza en niveles no conocidos desde la Gran Depresión. Desempleo y subempleo. Un proceso de empobrecimiento que, como las malas noticias, no llegó solo sino acompañado, también, por una tan -o más- inquietante tendencia a la separación entre ricos y pobres, una brecha cada vez más grande entre ellos, que indica el retroceso de la clase media o, dicho de otro modo, el debilitamiento de la fuerza que empujó la etapa de oro.

Son muchos en estos días los que se preguntan si no es la esencia misma del “Sueño Americano” lo que está en juego. Si la dificultad no está amenazando la raíz del modelo que emergió luego de la Segunda Guerra Mundial, con una clase media pujante en una sociedad de profundo comportamiento democrático.

Por lo pronto, la creciente diferencia entre ricos y pobres llegó a avergonzar a los más aventajados. De la lectura de la misma estadística oficial surge el aumento de la brecha entre ricos y pobres durante la última década. A diciembre del año pasado, el ingreso medio de las familias situadas en la base de la pirámide cayó el 12 por ciento desde su pico en 1999, mientras que los sectores más ricos sólo retrocedieron el 1,5 por ciento.

“Súbanme los impuestos, por favor”, clamó el archimillonario Warren Buffet, contrariado por la “injusticia” de que, “en términos comparativos”, él pague “menos impuestos” que sus empleados. No es ése un grito que se escuche todos los días.

Indicador de que algo no va del todo bien, el clamor de los millonarios “con conciencia” se sumó al de protestas más populares. “No se les ocurra aumentar los impuestos”, clama el Tea Party, el movimiento que tiene a la defensa del bolsillo entre las pocas banderas unificadoras de su más que variopinta militancia.

“¿Dónde están los sueldos?”, claman los “indignados de Wall Street”, el movimiento que, con escasa suerte en la exposición mediática, protesta en el corazón financiero del país contra “la especulación que se lo roba todo”. [Ver aparte.]

La señal de alarma

La señal de alarma se conoció semanas atrás, cuando la Oficina del Censo publicó datos oficiales según los cuales la pobreza en el país alcanzó niveles récord. De acuerdo con sus cifras, el 15,1 por ciento de la población vive por debajo del umbral oficial de pobreza o, lo que es lo mismo, uno de cada seis norteamericanos tienen el agua peligrosamente cerca del cuello.

La comparación de cifras ponía en perspectiva ese nivel como el más alto desde 1993 y asumía la suposición de que, en la primera economía del mundo, 46,2 millones de personas (más que la población argentina entera) viven en lo que su propio sistema define como “pobres”.

Paradojas de estos días, el estudio se conoció al mismo tiempo en que se producía el estreno internacional de Mildred Pierce, la más reciente superproducción de la cadena HBO, basada en una novela de 1941 que narra la historia de una mujer que recorre la ruta de la pobreza a la riqueza mediante una cadena de restaurantes especializada en recetas con pollo.

“No son sus conocimientos de cocina lo que lleva a Mildred a salir adelante sino su determinación a hacerlo y el hecho de haber trabajado hasta caer agotada”, dijo la taquillera actriz Kate Winslett al asumir el papel protagónico de la costosa producción.

El relato de la riqueza seduce siempre. El de la pobreza y el quiebre parece despertar, en cambio, mucho menos interés no sólo en el consumo cultural sino en el discurso político de una sociedad donde el fracaso llega a considerarse vergüenza y el asistencialismo, una lacra. La noticia de que uno de cada seis norteamericanos es -oficialmente- “pobre” no se instaló siquiera como recurso de campaña para castigar a Barack Obama, pese a que podría ser un arma de desgaste.

“Mucha gente no quiere verlo. Pero la verdad es que, sólo en el Estado de Nueva York, tenemos más de tres millones de pobres. Si todos ellos formaran una cadena humana, bastaría para unir Times Square con el Golden Gate, del otro lado del país. Pero no hay conciencia de ello”, dijo a La Nacion Joel Berg, de la Coalición de Nueva York contra el Hambre.

“Si la gente asomara la cabeza en las cocinas populares (soup kitchens) que crecen a lo largo del Estado, tal vez se darían cuenta. Pero la isla de Manhattan se lleva todas las noticias”, añadió, en referencia a uno de los emblemas del orgullo del país.

No sólo se trata de que la pobreza, como tal, no se instala en el discurso político sino que, en realidad, lo que se debate es el concepto mismo de pobreza.

“Es que si uno pretende encontrar aquí la imagen convencional de pobreza que los medios de comunicación han explotado hasta el infinito y que se sintetiza como personas privadas de vivienda y que pasan hambre, más vale que se olvide”, dijo Robert Rector, de la Heritage Foundation, un centro de estudios de reconocida afinidad con el Partido Republicano.

“La clase media de muchos países del mundo tendría motivos para envidiar aspectos de la vida de aquellos que, en los Estados Unidos, se considera estadísticamente pobres”, añadió. A la hora de los ejemplos, aseguró, por caso, que un americano pobre tiene “más espacio en su vivienda” que el sueco o que el alemán promedio. “Yo no quiero decir que sea fácil para un pobre en ninguna parte del mundo, pero es evidente que, en los Estados Unidos, la cosa tiene sus matices”, añadió.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) define como pobres a aquellas personas que disponen de menos de un dólar por día para vivir. Ese es el punto básico. Luego entran consideraciones como el acceso a agua potable, cloacas y escolaridad. En los Estados Unidos, la estadística oficial define el umbral de pobreza de otra manera. Entran en esa condición aquellos que no llegan a ganar 1000 dólares por mes. Dicho de otra manera, una línea de flotación tres veces más alta que el umbral internacional.

“No sólo se trata de eso. La verdad es que un pobre en los Estados Unidos recibe mucho más que esa cifra en ayudas que no se computan”, dijo Rector. La “radiografía” del pobre norteamericano que acaba de publicar incluye rasgos que difieren de la imagen tradicional.

Entre ellos, que el 80% de los hogares pobres tiene aire acondicionado; posee auto, televisión por cable o satélite y, al menos, un reproductor de DVD y un aparato de video. La mitad de la población considerada en esa situación tiene una computadora personal e igual porcentaje de familias con hijos posee un sistema de videojuegos como Xbox o PlayStation y acceso a Internet.

“Es evidente que el pobre que ha perdido su casa o que en ocasiones experimenta hambre no tendrá consuelo por saber que su condición ocurre raramente en esta sociedad. Sus dificultades son reales y deberían constituir una importante preocupación para los políticos. Sin embargo, la política antipobreza necesita estar fundamentada en información precisa. Las burdas exageraciones sobre la extensión y severidad de las dificultades en Estados Unidos no serán de beneficio para la sociedad, los contribuyentes o los pobres”, añadió.

El quiebre de la promesa

Para muchos, en cambio, el riesgo del Sueño Americano no se mide tanto en términos de las estadísticas oficiales de pobreza que mucho llamaron la atención en nuestro país sino, más bien, en el quiebre de la promesa de que el esfuerzo basta para salir adelante.

La desocupación oficial llega al 9,1 de la población activa (alrededor de 14 millones de personas), pero si se suma a los desanimados que ni siquiera buscan ya puesto de trabajo (unos 2,2 millones) y los que sólo consiguen contratos temporarios (8,5 millones), la tasa de subempleo asciende a un 15,7% de la población activa, casi 25 millones de personas.

“Eso, tal vez, sea más profundo y problemático que debatir el concepto de pobreza, en sí mismo”, dijo Timothy Smeeden, director para el Instituto de la Pobreza de la Universidad de Wisconsin.

Alude así al temor a que se prolongue lo que muchos empiezan a llamar “la década perdida” y que, en síntesis, identifica la situación de familias promedio que, al terminar la primera década de 2000, se encuentran peor que al empezarla. En conjunto, el ingreso medio familiar -ajustado por inflación- se situó en 49.445 dólares a fines del año pasado. Eso es, en términos reales, un 7 por ciento menos que el pico de 53.252 registrado en 1999.

“De hecho, es la primera vez, desde la Gran Depresión, que el sueldo promedio de una familia (ajustado por inflación) no registra mejora durante un período tan largo”, concluye este economista que integra el coro de quienes hablan de “la década perdida”.

“En lo global, el fenómeno se sintetiza de esa manera; es decir, como el quiebre de la percepción de los Estados Unidos como un país donde cada generación se desempeña mejor que la anterior”, añadió.

En lo político, hay conciencia de que la carga caerá sobre la gestión de Barack Obama, el presidente que llegó con la promesa de cambiarlo todo. “Esta será otra cruz sobre su espalda”, dijo Ron Haskins, director del Centro para la Familia y la Niñez de la Brookings Institution.

Hasta ahora, si algo se le reprocha desde la oposición política es precisamente eso: el quiebre de la idea de mejora. El concepto de pobreza, como tal, no aparece tanto en el debate. Pero la verdad es que, antes de que la recesión estallara, ya había muchas personas a las que la economía las estaba dejando atrás.

En todo caso, en las últimas semanas, Obama se ha puesto a la defensiva en la materia: “Ya antes de la recesión, el número de pobres en Estados Unidos era inaceptablemente alto. Los datos ahora conocidos muestran que nuestro trabajo no ha hecho más que comenzar”, dijo.

Desde lo social, la cosa va más allá del oportunismo de quien saca mejor provecho de una contienda. “Estamos frente al riesgo de crear una nueva subclase. Hombres jóvenes, con menos nivel de capacitación, que no pueden formar una familia estable y tener hijos porque están desempleados”, dijo Smeeden.

Es que aun el período de crecimiento económico que se registró antes de la recesión hizo poco por quienes están en la franja de los sueldos medios y bajos.

Arloc Sherman, investigador del Centro sobre Presupuesto y Prioridades Políticas, aseguró que el período que va de 2000 a 2007 “es el primero en que se registra una etapa de recuperación acompañada por un aumento de la pobreza y el ingreso promedio de los trabajadores era más bajo al finalizar su etapa laboral que en años precedentes”.

Eso es lo que pone la duda sobre el sueño Americano. La impresión de que la riqueza generada en la última década no sirvió para todos, de que el esfuerzo no se tradujo en la recompensa prometida.

Dicho en términos de la ficción que aquí tanto agrada, la duda de si, en los tiempos que corren, habría que corregir el final de los capítulos de la miniserie que consagró a Mildred Pierce como heroína.

Esto es, si al final de tanto esfuerzo, su elegante cadena de restaurantes se pierde en la fantasía de un sueño para despertar a la realidad de que no tiene más que un puesto callejero de panchos. Suficiente para vivir con dignidad, pero tal vez no tanto para rendir culto a la tierra que convirtió al esfuerzo personal en religión.

LA PROTESTA GANA LAS CALLES

WASHINGTON. Cuando el río suena, aguas trae”, dice el refrán. Si algo suena en los Estados Unidos últimamente es el ruido de la protesta callejera que, sin mucha articulación, sale a la calle para clamar, desde la izquierda, la derecha o el anarquismo, el retorno -la reconstrucción, la recuperación o la devolución, según el color del discurso- del “Sueño Americano”.

El primero y más estruendoso fue el Tea Party. Por debajo de la heterogénea convocatoria anida la idea de que “alguien” (el Estado o el gobierno de Barack Obama) está robando el dinero de los contribuyentes y que es necesario evitarlo. Con decenas de militantes consagrados como diputados, defendieron en la Cámara de Representantes un cóctel legislativo cuyo credo central pasa por “ni un centavo más en impuestos” y la retórica de “bajemos el gasto ya mismo”. Todo, bajo la certeza de que el Estado, en esencia, es sospechoso de la peor corruptela y que el individualismo es lo más seguro.

Como contrapartida, la izquierda -o lo más parecido a ella- produjo el llamado “The American Dream Movement”, que asegura haber cosechado ya más de 130.000 militantes bajo la idea de recuperar un país que asegure las oportunidades para todos y haga frente “al poder del 1 por ciento de la población que hoy controla el 25 por ciento de la riqueza” en este país. Llevado a la acción política, su objetivo es instalar la creación de empleo como prioridad y no el recorte de gastos que impulsa el Tea Party.

En medio quedan los de menos suerte. Esto es, los llamados “Indignados de Wall Street”, una protesta popular que se instaló a una cuadra del corazón financiero del país para reclamar “contra los ricos y las corporaciones que se llevan el dinero de todos”.

En las últimas semanas soportaron detenciones, bastonazos policiales y cargas con aerosoles químicos. Pero no abandonan sus bolsas de dormir, para disgusto de un vecindario que considera ese tipo de comportamiento como vicioso e inconducente. Sólo hay unos cientos en el campamento urbano, pero en las marchas callejeras suman miles. Pese a eso no han conseguido, hasta ahora, demasiado impacto en los medios locales.

http://www.lanacion.com.ar/1411048-el-fin-del-sueno-americano

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